Nunca una mirada expresó tanto

 

Texto y fotografías: Omar Ulises Hernández Sánchez

Fotógrafo de la Compañía de danza Sentimiento Cimarrón


Quién hubiese pensado que la humanidad en tan poco tiempo levantaría la mirada y permitiría que sus ojos hablaran solos, del calor de los abrazos al distanciamiento preventivo, obligados por un bichito que ha calado en el alma, en la vida, en la piel, en el sentido común, en las costumbres diarias. Familias que vivían en continuo desarrollo y aprendizaje, aguantando la soledad de la distancia en aquella dura burbuja llamada migración.

Familias como la nuestra que a principio del año 2020 se preparaba para vivir una de las mejores temporadas de baile y espectáculo, para representar con orgullo y felicidad, los valores de nuestra cultura. Un grupo que nos enseñó a convivir y sentir las diferentes manifestaciones mundiales como un todo, porque el idioma universal que aprendimos fue el de compartir, vivir, bailar, reír y respetar el idioma del arte.

 

Treinta y cinco personas unidas por el único lazo de haber nacido en el mismo país o haberse contagiado por la danza y el color cimarrón, pasamos de un momento a otro a vivir de los recuerdos del último festival compartido en libertad, para comunicarnos a través de una pantalla fría y tenue.

Este año aprendimos a reinventarnos, a buscar nuevas formas de expresarnos y desfogar toda esa ansiedad y energía acumulada. Los ensayos virtuales se convirtieron en los placebos que permitieron sobrepasar el miedo al virus que nos acechaba de frente. Nos preocupamos por el prójimo más que nunca, temíamos por compañeros y familiares que trabajaban en primera línea de acción contra esta situación sanitaria.

 
 
 

Tuvimos que aprender a llorar en medio de la turbulencia de nuestros pensamientos y temores. Aprendimos a esquivar el miedo y distraer la mente. Compartimos nuestra soledad con los recuerdos de los momentos vividos. Lloramos nuestros muertos con la amargura de la distancia.

Todo esto lo logramos porque nunca nos olvidamos que por mas difíciles que fueran estos momentos volveríamos a estar juntos para afrontar retos que nos harían sentirnos grande y útiles a nuestra causa.

 

Nunca una mirada expresó tanto. En medio de un verano tortuoso volvimos a encontrarnos de forma dispersa y temerosa. Hoy solo podemos mirarnos, pero el calor del verano no podía descongelar la tristeza de los ojos, el brillo de esa lágrima que solloza de alegría por volver a vernos, la dispersa agonía de la soledad y la incertidumbre de un mañana incierto

Nunca una mirada expresó tanto. La tristeza de la falta de afecto y el calor de un abrazo, la soledad de un corazón arrugado por la fatiga del tiempo, el temor a ese gran monstruo de cuatro paredes que nos obliga a mirar el pasado y flagelarnos por los errores cometidos.

Nunca una mirada expresó tanto. Cómo gritarle al mundo que estamos vivos, que estamos aprendiendo la lección y que si somos consientes daremos lo mejor de nuestro ser; nunca una mirada había hablado tanto en tan poco tiempo, en un instante suplicó ternura, suplicó un abrazo y gritó por amor al viento.

Hoy seguimos mirándonos a metro y medio, con los ojos brillantes de emoción por encontrarnos de nuevo y permitir que vibremos nuevamente al ritmo del tambor, al replicar de las gaitas, al son de una canción. Comprendimos que las paredes no son para nosotros, que nuestro cuerpo y esencia está bajo el sol y hoy solo queremos bailar bajo la luz de las estrellas al ritmo de nuestra pasión.