Navidad en familia

CARTAGENA – EL PALENQUE DE SAN BASILIO
30 noviembre 2020
 

Por: Claudia Marcela Estrada

Fotografías: omar Hernández


Despedidas, cuarentenas y un parón en el tiempo inesperado. Sin duda este ha sido un año diferente en el cual nos hemos visto obligados a hacer una tregua con los deseos y el deber para detenernos, meterle freno al afán de la cotidianidad y respirar con calma para pensar hacia a dónde vamos y qué es lo realmente importante.

Sería difícil negar las consecuencias de una pandemia que todavía vivimos; sin embargo, ahora que la distancia y la nostalgia se han vuelto un tema en común, se hace más fácil desentrañar ese vago recuerdo de la memoria para conectar con el sentido que pueden tener los amigos y allegados en la construcción de una familia y un hogar, así sea temporal.

 

Pasarán los años y muchos recordaremos dónde nos cogió la pandemia, identificaremos con exactitud el momento en el que nuestra vida se detuvo y tuvimos que re inventarnos para no morir en el intento. En medio de la soledad logramos generar nuevas formas de convivencia que lograron sacarnos de la ansiedad, la rutina y la incertidumbre.

En estas fechas algunos no podrán llegar a sus casas y celebrarán estas fiestas con sus amigos más cercanos, un par de personas (no muchas pues las restricciones no lo permiten) serán las elegidas para recibir un abrazo y los deseos sinceros de un mejor 2021. Pues algo así, pero un poco más profundo y sin fecha de caducidad, es lo que vivimos a diario los que estamos lejos de nuestra tierra a miles de kilómetros del lugar que nos vio crecer.

 
 
 
 
 

Llegamos a una tierra ajena con la maleta cargada de ganas, sueños e incertidumbre. Sin saber muy bien para dónde va la cosa, apretamos el corazón y hacemos gala del espíritu aventurero que llevamos en la sangre, ese que nos mueve a sonreír cuando las cosas se complican y no nos queda más que echar pa’ lante, porque nos enseñaron que la vida iba de eso: de echarle ganas, amor y una gran dosis de esperanza.

En este viaje sin mapa decimos adiós a la familia que nos vio partir y a los amigos que desde la distancia nos impulsan a seguir adelante. Con el alma frágil y un poco a la deriva nos encontramos en un territorio marcado por otros ritmos y miradas que empezamos a descubrir con el paso de los días y quizás de los años. Y en este encuentro con la soledad, así como sucede en tiempos de pandemia, tejemos redes de amor, afecto y complicidad con esos amigos que la vida convierte en familia.

 

Estar en Sentimiento Cimarrón es tener un ancla que le da firmeza al viaje, un punto fijo de referencia cuando el mar se agita y la locura del tiempo y el sinsentido nos nubla la mirada. Detrás de cada ola, está esa familia que entre cumbias y bullerengues abre los brazos a propios y extraños para hacernos sentir que la tierra no está tan lejos como creíamos en un principio.

Más allá de la danza es la excusa de reencontrarnos con los fragmentos de un país que construimos entre todos, acentos que se pierden en el mestizaje de la migración pero que dejan rastro de una cadencia y una forma particular de entender la vida. Llegar a la Compañía ha sido un lujo, porque en tiempos de crisis, y en medio las consecuencias que trae consigo la migración y más en tiempos de Covid, es una fortuna contar con una familia que te acoge para darte lo mejor de cada uno.

En Sentimiento Cimarrón he encontrado amigos y cómplices para crear y darle vida a los sueños que poco a poco se han ido materializando; he descubierto un país que yacía dormido al otro lado de la cordillera, risas amables y corazones sinceros. En esta cuarentena permanente que es para nosotros la migración, puedo decir que he tenido el privilegio de compartir y vivir con una familia que sigue creciendo, en la que nos cuidamos, nos protegemos y a través del arte encontramos una manera diferente de vivir y sentir.

Gracias a Kate, José y a todas y todos los que son ejemplo e inspiración. Los quiero y admiro profundamente. Navidad sabe a casa porque estamos en familia.