¡¿Mama, qué horas son?!

 

Texto y fotografías: Omar Ulises Hernández Sánchez

Fotógrafo de la Compañía de danza Sentimiento Cimarrón


¡¿Mama, qué horas son?! gritó André al levantarse, “son las diez de la mañana” replica su madre con voz cálida y sentida. Ella sigue cantando y preparando el desayuno, Jenny se acerca a la ventana abriendo la puerta que da a un balcón, abajo el tenue ruido de los viandantes que da inicio a un soleado sábado primaveral en Barcelona, los rayos del sol pintan con timidez la fachada de los edificios con un amarillo trasparente que ilumina el lenguaje de una calle espectacular llena de arte y belleza.

El aroma del café inunda la sala y se convierte en un sedante que transporta a Jenny a recorrer su ciudad natal, donde los campos huelen a verde fresco, flores y almíbar de las hojas en flor, y donde los sonidos del silencio se confunden con el trinar de las aves, sus pasos recorren su infancia en medio de pasturas brillantes bajo un cielo inmenso.

Mama que horas son
 

Sorbo a sorbo mira hacia el pasado, pero la voz de un niño inquieto revoloteando por la casa la vuelve a su realidad, aparca por un instante su corazón. “¿Qué haces, cariño? ¡Juego! contestó André saliendo detrás de la puerta con una sonrisa pícara y divertida. El sol ilumina su cara pintada cual payaso de circo, sus hombros dan soporte a su larga cabellera que hace juego con un chaleco miniatura que recoge sus hombros, las risas envuelven la sala como una danza de amor en medio de juegos y mimos de parte y parte, el reloj no para y la mañana se fue … “¡Mama ¿qué horas son?!” Gritó André.

Rodrigo no comprendía los gritos de su hijo y las risas de su esposa, por instantes olvidó la dura semana que llevó y la fatiga que lo embarga, solo acertó en dar gracias al señor por las risas y alegría que escuchaba en el fondo, años atrás su temor y desolación lo llevaría a luchar por su familia lejos de su patria, lejos de su otra vida que recuerda con añoranza porque allí quedó su otra familia, años duros de zozobra y violencia, en un país dispar donde la ley del más fuerte predomina, donde la desigualdad es el pan de cada día, y donde se lucha mucho por conseguir el pan de ese mismo día.

 
 
 

“Pero ya no es hora de temer, si aquí tengo mi pequeño mundo en medio de este gran universo” pensó, y con gran decisión salto de la cama y se unió a la diversión.

“¡Mama, ¿qué horas son?!” preguntó André. “¿Qué pasa André, por qué te preocupa la hora?”

Hoy inicio mis clases de danza y quiero jugar con Gabriela, un silencio acogedor sirvió de telón a la mirada de Jenny y Rodrigo que con gran magia paternal entrelazaron sus pensamientos recordando la incertidumbre de cuál sería su futuro y cómo sería la forma de educar a sus hijos en un país lejano, con otras costumbres y otro idioma. Se les arrugaba el alma pensando qué valores, qué principios retomarían en una sociedad tan diferente, cómo enseñarían a sus hijos la cultura del país que los vio nacer, cómo le harían para hacerlos sentir y vibrar con lo que les dio su tierra. Sus manos se entrelazaron y sin pestañar un beso cálido y romántico inundó sus labios, una atmosfera de amor iluminó el salón, y recordaron que una vida sin amor no merece la pena. ¿Qué es una vida sin amor? Es un árbol que no da fruto. Es un dormir sin soñar.

Todo esto lo logramos porque nunca nos olvidamos que por mas difíciles que fueran estos momentos volveríamos a estar juntos para afrontar retos que nos harían sentirnos grande y útiles a nuestra causa.

 

Abrieron los ojos y recordaron que ese era el gran día, el día de André y el de ellos, el día que estarían en familia recordando su tierra, bailando sus añoranzas y recordando su cultura. Era el día que sin comprar un tiquete viajarían por su Colombia querida, que navegarían por el mar de los siete colores al ritmo de las cumbias, que jugarían en medio de la naturaleza descubriendo las deidades de la tierra, agua, viento y fuego, que mirarían desde la orilla las redes de los pescadores al son de los tambores. Hoy era el día donde toda Colombia se reunía a rendir tributo a su alegría, donde cada uno entregaría cada gota de sudor como ofrenda a nuestra cultura y nuestro hijo estaría rodeado de su país, del amor de patria, acogido por su Colombia querida.

Ahora si comprendemos porque André gritaba “¡Mama ¿Qué horas son?!