La vida es un carnaval

Por: Omar Ulises Hernández Sánchez, fotógrafo, abanderado de la compañía y presidente de la Asociación Colombia Soy Yo - Barcelona
Danza de congos

Este podría ser el título para las miles de historias que pueden surgir de las vivencias de un carnaval, pero para un cachaco acosteñado es más que una experiencia de vida, ya que en mis años mozos saliendo del colegio tuve la oportunidad de conocer y trabajar en Barranquilla. La experiencia con ésta cultura exótica y distendida, me permitió romper esquemas, vencer mí timidez y acercarme a ritmos desconocidos e inexplorados que ignoraba totalmente.

La ventana del mundo

Muy pronto inicie mí encuentro con bailes como cumbia, mapalé y bullerengue, interpretados por gente nativa, que sin ton ni son expresaban, alegría, risas y gritos armónicos que incitaban a moverse, ahí comprendí la genética humana, ahí comprendí la alegría de mi madre al escuchar ésta melodiosa música, ahí perdí la vergüenza de moverme y ahí comprendí que existía otra Colombia. Aprendí a comprender que lo negro no es solo negro, si no que es un color que encierra un azul profundo y un sol inmenso, pero ante todo un calor que recorre la sangre a ritmo de cumbia.

Cumbiamba la misma vaina.

Pero como era de esperarse esa alegría me llevo a integrarme dentro de una Barranquilla alegre pero con unos grandes contrastes sociales y muy marcados. La providencia me dejo navegar por los dos, pudiendo conocer una gran cultura y a su vez la apreciación de sus diferencias.

Cumbiamba Gallo Giro mostrando la destreza de desplazamiento sin dejar caer la botella.

Mi primer carnaval lo viví lleno de nervios y etiqueta con unos clientes y amigos en el Club Rotario, donde un “cachaquito” modoso y atemorizado se deslumbro ante tanta etiqueta y postura en grandes salones de un club “herrrrda que vaina me sentía como mosco en leche”… tronco de corte al ver tanta mujer bonita con tanta elegancia y con una piel de ébano que solo creía que la tenía Kaliman, con el paso del tiempo aprendí vocablos acentos, asumí costumbres me deleite con sus comidas y cómo no ¡sus bebidas! no faltó el ron blanco y el rey de la fiesta monseñor whisky Old Parr, que vainaaa tan buena. Ya para mí, Barranquilla era mucha cosa, pese a su caos administrativo y político, lo sabía de primera mano trabajaba con abogados y jueces surtiéndoles el alimento jurídico ¡los libros!

Así se vive el carnaval en el barrio El Bosque con los vecinos de Jose y Katerine

Como voy de carnaval en carnaval, el segundo me supo mejor porque me baje de nivel y me fui con mi gente, con la gente de a pie con aquel que se desayuna con ganas y si no tiene más se las aguata, pero que lo nutre su alegría y la esperanza de que siempre hay un mañana; para reír, para bailar y como no para comer y beber “hecheeee” eso si fue bonito carnaval a pie de calle batalla de risas y alegría, donde los trajes se los confeccionaban con lo que podían y además con una creatividad y colorido impresionante; que vaina tan interesante había música hasta en la máquina de coser, la olla a presión sonaba como una gaita mientras cosía el maíz para los bollolimpios y los bollos de maíz , el crujir del aceite al meter los fritos eran llamadores que animaban el día; esto parecía una sinfonía macondiana, Esthercita Forero se convirtió en la novia de Barranquilla y la Guacherna desbordo la alegría de un pueblo que olvidó por varios días sus luchas y desencanto, fue iniciar el carnaval y Barranquilla se convirtió en algo mágico, en un festival de alegría e ilusiones.

Sí, la vida es un carnaval con risas, alegrías, triunfos y desengaños, ya siendo profesional y teniendo muy aparcado esos casi nueve años de ir y venir a la Costa; ya ejerciendo mi carrera, la vida me llevo a otras latitudes, dónde en un frío invierno Barcelonés mi vida volvió a cambiar; los sonidos de cumbias, tambores y gaitas sonaron de forma trepidante en una gran avenida, como loco poseso busqué con la mirada de donde salía esa celestial música que hizo que mi cuerpo, mi sangre y mi espíritu entraran en una catarsis de alegría y euforia, bendita genética, bendita tierra mía volviste a mí en una ciudad dónde el mar es frío, donde las playas no tienen palmeras, y si las hay no tienen cocos, donde no hay parrandas vallenatas a la orilla del mar, el ron no sabe a caribe y el Old Parr no lo conoce nadie.

Es inexplicable como la música lo transporta a uno a sitios tan paradisíacos y a recuerdos tan queridos, no lo podía creer en ésta tierra que vio crecer a Gaudí; sonaron los ritmos de mis ancestros y hoy puedo decir que llegaron para no irse, llegaron para que esta gran ciudad conociera el sentimiento por la música, el sentimiento por la patria y el sentimiento por la danza, así que una hermosa cumbia me volvió a enamorar, un grupo de colombianos me hizo sentir un costeño en Europa, regresó a mí sangre mi Barranquilla querida, mis carnavales, mis aventuras y mis pasiones.

Ya de esto son casi once años de vivir, conocer y compartir algo que ya llevo muy adentro, ese sentimiento, pero combinado con esa liberta que me permite no ser esclavo de prejuicios y de estigmas impuestos por la sociedad, aprendí a ser libre permitiendo que mí cuerpo expresara su alegría, sin vergüenza, a que el grito de “güepaje” fuera escuchado y a vibrar con un puro SENTIMIENTO CIMARRÓN

Mucha agua ha pasado por el río de mi vida y muchos carnavales compartidos en Italia, Francia y España, al son y en la compañía de SENTIMIENTO CIMARRÓN, una compañía que así como a mí, ha hecho vibrar a muchos colombianos y extranjeros que participan de su alegría y sentimiento también, pero es curioso bailar la música de carnaval y encontrar ese tono y ese toque de alegría que un Barranquillero desprende, esto solo es posible cuando se aprende de dos grandes maestros y bailarines Katerine Olivares y José Luis Zambrano, que nacieron entre los ritmos caribeños de gaitas y tambores del sentir tradicional afrocolombiano.

Visita a la casa de la cultura en el Palenque de San Basilio.

El Carnaval de Barranquilla 2019 marca un antes y un después en la vida de la compañía SENTIMIENTO CIMARRÓN, ya que fue poner a prueba todo lo visto años atrás, el reencuentro con los orígenes de nuestra danza inició al conocer de primera mano los palenques dignos herederos de estos grandes ritmos.

Con Pichi Miranda y Hernán Barrios integrantes del grupo Tambo.

Fue el encuentro real con los amigos, con los compañeros de años en la danza; volver después de tantos años a contar las batallitas de juventud, las grandes gestas de baile de nuestros maestros y directores artísticos. Para el grupo fue entrar en una dimensión que no nos era extraña en sus sentir, las bases estaban claras, pero el impacto de ver tanta alegría, tanto calor, era deslumbrante y contagioso; los nervios a flor de piel para vivir y disfrutar de algo que transmitíamos en los ensayos y presentaciones al otro lado del mundo, era la prueba de fuego para medir actitudes, expresión, fondo, calidad escénica pero ante todo ritmo y sabor para poder contagiar al mundo entero de lo que verdaderamente es un carnaval colombiano, un carnaval barranquillero, donde se mezcla todo lo que un bailarían o un ser humano podía encontrar en un ambiente fiestero.

Comparsa el torito en carnaval

La Guacherna marco el pistoletazo de salida a la diversión, a esa gran aventura, a mi tercer carnaval, a mi reencuentro con el sentir de un pueblo que ha marcado la pauta en la cultura colombiana. Fue el encuentro de muchos sentires, del olor a río Magdalena, del silbar de los vientos en Bocas de Ceniza, el calor sofocante y un extraño pero peculiar olor a patria que no se puede explicar; lo único explicable fue ver a una gran multitud de comparsas unidas en un solo clamor. Se inició el carnaval y ahí y solo ahí nos sumergimos en un gran mar de alegría, música, danza, colorido y vestuario que deslumbraban los sentidos, eso tiene un solo nombre y es la GUACHERNA EN CARNAVAL. Todo es mucho mejor si tienes el privilegio de ser invitado a la gran “comparsa del torito”, dirigida por Mónica Lindo.

Con nuestro amigo Lucho Palma.

Los nervios quedaron en los primeros metros del recorrido, toda la compañía como por arte de magia, se ubicó y recordó que la primera regla de un artista es divertirse y si es haciendo lo que más le gusta mejor, así que “torito viene torito va” la alegría y el sudor en la piel, sumado a los gritos del publico ubicado en las aceras de la calle 44, la música y los aplausos por donde se pasaba, nos provocaban un gran subidón; nunca había visto a mis compañeros de aventura tan plenos de alegría y tan llenos de carnaval; nunca podré olvidar las chispas de luz en sus ojos al sentirse realizados y pletóricos al bailar y mucho menos cuándo desde las gradas un grito ensordecedor dijo ¡¡¡¡son mis amigos, son SENTIMIENTO CIMARRÓN!!!!

“Heeeerda viejo Lucho” tuvimos que recorrer medio mundo para encontrarnos en el paraíso, no solo el sudor mojaba nuestros cuerpos, los ojos se emocionaron viendo viejos amigos que aquí y en cualquier lugar del mundo gritaran con orgullo nuestro nombre; esto no hay cuerpo que lo resista decían, no por el cansancio sino por el gran cúmulo de emociones expuestas en tan poco tiempo, solo nos quedaba respirar un poco, tomar un descanso, así que decidimos distendernos en un sitio emblemático de Barranquilla donde se le rinde tributo a los grandes de los grandes de la salsa LA TROJA, allí cada uno de los implicados entraría como en un monasterio, daría sus votos de fe y armonía espiritual para reflexionar ante tanta barbarie carnavalera, es así como monseñor Juan Carlos predicó y aplicó el sermón, de al lugar que fueres has lo que vieres, y así que la hermana Tati en un voto de obediencia siguió sus pasos hasta contagiar a todos los presentes y terminar en una gran alabanza salsera que incitó a todos los presentes, incluida nuestra directora y el pobre de San José.

Rueda de cumbia, noche de Tambo.

Ahora comprendo por qué la vida es un carnaval, porque entre gritos y maracas el reloj ya nos avisa que es un año más, no hay colombiano que se resista a vivir la vida con intensidad, no importa de qué condición social, política o religión sea; la felicidad es innata en su ser, por eso este carnaval nos mostró lo bueno, lo malo y lo feo de una ciudad que con el paso de los años remontó su pobreza y su miseria administrativa, pudiendo superar los mitos de que los costeños no podrían ser el referente en la organización de grandes eventos, eso ya es mito urbano. Barranquilla nos mostró su parte humana más bella, la humildad de su gente y la pasión de su cultura, además de hacernos ver que en ninguna parte del mundo podremos disfrutar de una gran batalla de flores donde pudimos dar lo mejor de nosotros mismos, será imposible olvidar la noche de tambores donde participamos en la rueda de cumbia más grande que hubiésemos podido imaginar; la rueda de bullerengue en el Parque Caribe y su sinfín de espectáculos y talleres para todo tipo de público; no se podrán olvidar las comparsas que nos invitaron para hacer parte de sus ensayos.

La gran gentileza de sus invitaciones en formar parte de ellas, ni mucho menos el valor y el calor de la amistad de toda la gente que conocimos, eso ha quedado tatuado en cada uno de los CIMARRONES que lo vivimos y tenemos la obligación de compartir, de invitar a cada uno que los quieran convertir su vida en un carnaval. Solo queda seguir compartiendo vivencias y mostrarle al mundo que los verdaderos embajadores de nuestro país están ahí en la calle, en cualquier lugar del mundo mostrando que los colombianos somos orgullosos de serlo y que si en algún momento hemos llorado y sufrido por la gran desigualdad que nos cobijó, tenemos el antídoto para superarlo, solo es hacer de la vida un carnaval y disfrutarla al máximo POR QUE QUIEN LO VIVE ES QUIEN LA GOZA.

Después de bailar Mapalé con el grupo Bnmbazú

Un comentario acerca de “La vida es un carnaval”

  1. Mejor plasmada no podía quedar nuestra maravillosa e inolvidable experiencia en los Carnavales de Barranquilla, me le quito el sombrero señor Don Omar.

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